El primer tema introducía el contexto europeo de las lenguas
extranjeras. Hablaba del multilingüismo del continente y de los problemas de
integración de dichos países. También se introducía el documento principal al
que se tiene que hacer referencia en dicho ámbito: el MCER. En dicho documento
se recogían, entre otras cosas, las competencias lingüísticas que han de
desarrollarse para hablar una lengua extranjera, así como los criterios usados
para cada nivel de aprendizaje.
El segundo tema trata de llevar ese contexto europeo en el
que se inserta el MCER al ámbito nacional y regional (español y gallego). Uno
de los problemas fundamentales a los que se enfrentan a diario los docentes en
los centros de enseñanza es el de llevar a la práctica las directrices teóricas
del MCER a la realidad del proceso enseñanza-aprendizaje.
El primer gran problema al que nos enfrentamos es el
problema del nivel. Según estimaciones realizadas por distintas instituciones
de enseñanza de lenguas oficiales se tarda entre 900 a 1100 horas en pasar de
un nivel a otro del MCER. Esto sin duda afecta al objetivo planteado por el
MCER del plurilingüismo: ¿Cómo adquirimos una competencia de usuario
independiente en varios idiomas dado el elevado número de horas necesario para
adquirir dicha competencia? Si abordamos este problema desde el contexto de la
ESO, podemos pensar en el escaso número de horas dedicadas a la enseñanza, por
ejemplo, del inglés (3 o 4 horas semanales, dependiendo del curso y de la
Comunidad Autónoma).
El objetivo del plurilingüismo planteado por Europa no se
cumple en ningún caso en nuestro sistema educativo obligatorio pues, si bien se
da la posibilidad al alumnado de cursar dos lenguas extranjeras en la ESO y
Bachillerato, en muy pocos casos los alumnos consiguen salir del instituto con
un nivel C y, en muchos casos, ni siquiera el nivel B.
Otros problemas a los que nos enfrentamos a la hora de
conseguir en la práctica alcanzar los objetivos planteados son la metodología y
la evaluación. Por un lado, nos encontramos en muchas ocasiones con profesores
que siguen sin emplear métodos que favorezcan la interacción, aspecto clave en
el uso de una lengua; por el contrario, muchos docentes siguen empleando
métodos como el de gramática-traducción en el que abundan ejercicios de
rellenar huecos y largas listas de vocabulario para memorizar, alejándose
claramente de métodos más comunicativos recomendados por el MCER.
Por otro lado, seguimos comprobando que las pruebas para
evaluar siguen en consonancia con lo expuesto anteriormente. Un ejemplo muy
claro de ello son las pruebas de la Selectividad o PAU: durante el curso
académico, se prepara a los estudiantes para una prueba escrita, sin ninguna
prueba que mida las competencias orales del estudiante. Evidentemente, esto
repercute claramente en la competencia lingüística del estudiante.
De lo expuesto hasta ahora, diría que el instrumento más
eficaz para paliar el déficit de horas en los institutos es un cambio en la
metodología; esto supondría hacer hincapié en las habilidades comunicativas
necesarias a la hora de dominar una lengua extranjera. Del mismo modo, y
relacionado con este punto, se tendrían que evaluar dichas competencias
comunicativas no mediante pruebas escritas esencialmente gramaticales (no por
ello innecesarias), sino complementándolas con exámenes en los que los alumnos
demuestren sus habilidades de interacción oral.

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